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lunes, 3 de febrero de 2014

Neuronas de los padres.

Ayer mi hija hizo dos meses. Recuerdo que mucho antes de que viniese, me prometía a mí mismo y a los demás no ser “uno de esos padres” que convierte en titulares la primera sonrisa, la segunda sonrisa, y así hasta los quince años de sus hijos.
Por supuesto me convertí en “uno de esos padres” con el primer latido de la primera ecografía. Rápidamente, acudí a un artículo que recordaba haber leído “en diagonal” —que traducido a cualquier otro idioma quiere decir, que no me lo leí, pero sabía que existía y podía mencionar un par de titulares— escrito por Brian Mossop para la revista Mente&Cerebor (de Scientific American) que versaba sobre los cambios neuronales por los que pasa un padre.
Parece ser que tenemos una programación genética, así que la responsabilidad no es mía, es de la evolución de la especie. Eso me ha hecho sentir bastante bien, ya que no me avergüenza reconocer, que preferí tener un coche para poder llevar más cómoda a mi hija, que “se me cae la baba” cuando la llevo conmigo, pegada al cuerpo. Reconozco también un cierto placer en cambiar pañales y comprobar que todo va bien ahí dentro, que adoro como se va adaptando al agua calentita del baño y todas esas otras cosas, tan comunes, y tan extraordinarias cuando los hijos son de uno.
Cabe preguntarse qué desencadenantes son  los que crean estos vínculos. Parece ser que tienen mucho que ver el olor y el tacto, pero muchos padres sienten una conexión cuando el olor y el tacto son solo un concepto futurible —estoy centrándome en los padres, porque los vínculos de las madres tienen una naturaleza diferente, que nace, obviamente mucho antes que la de los padres, y que merecería su propio apartado—.
He desarrollado algunos miedos y nuevas prudencias —prefiero correr menos riesgos, cambiar mi moto por una menos potente, con el centro de gravedad desplazado, más fácil de llevar, o incluso aparcar las dos ruedas por el momento — y tengo que aprender a distinguir unas cosas de otras, pero es que me planteo pocas cuestiones como “renuncias”. Son más bien intercambios en el orden de prioridades. Me queda mucho camino, y esfuerzo, y responsabilidades, y compromisos, y tendré que aguantarme para caminar por la línea entre el padre nutritivo positivo y el padre sobreprotector, que es más o menos la misma que hay entre el padre crítico positivo y el negativo (el análisis transaccional dispone de muchos aprendizajes para que los cojamos)
Mi propio camino de baldosas amarillas.

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