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domingo, 23 de marzo de 2014

Si hay un concepto que me parece importante, es el proyecto de vida. Es el equivalente a la misión empresarial, al argumento del libro, disponer de un proyecto es más estructural que coyuntural, aunque sufra cambios durante el proceso de vivir. El proyecto de vida refleja una trayectoria sobre la que se articula la vida de una persona. El filósofo creador de la Logoterapia, Víctor Frankl, manejaba el concepto de voluntad de sentido, y el sentido implica encontrar objetivos y llevar a cabo los proyectos que nos llevan a ellos. Es importante tener en cuenta que un proyecto no es un objetivo. Un proyecto contiene el concepto de objetivo en sí, un proyecto sin objetivos, no tiene sentido, pero se parece más a un itinerario, con sus paradas, sus tiempos de recorrido, sus costes, sus percances y sus encuentros satisfactorios.
Se suelen dividir los objetivos en dos grandes grupos, los de realización y los de ejecución. Los occidentales, somos proclives a buscar objetivos de ejecución, pero ambos grupos son de sumo interés. Son objetivos de realización ir al gimnasio, comer mejor, y de ejecución, levantar sesenta kilos en el press de banca, o adelgazar cinco kilos.
Dice la teoría, que unos buenos objetivos han de tener unas características adecuadas. Existe un acrónimo en ingles, SMART, que significa literalmente “listo, inteligente”, que define las características de un buen objetivo: Specific, Measurable, Achievable, Realistic and Time-Bound» que quiere decir que ha de ser específico, evaluable, realizable, posible y limitado en tiempo.
Sin embargo, aunque es una buena idea guiarse por estas características en el corto plazo, los proyectos a muy largo plazo han de ser flexibles, pero también ambiciosos. Las reglas y herramientas son a menudo limitaciones, como dijo Maslow –el de la famosa pirámide--, cuando alguien dispone de un martillo, tiende a ver todo lo que tiene a mano como un clavo. Es decir, seguir todas esas características, puede hacer que aquilatemos el objetivo para que también sea cómodo. Paradójicamente, son los objetivos difíciles los que producen mayor satisfacción al ser logrados. Aquí habremos de hacer un primer esfuerzo. No podemos perseguir imposibles si no tenemos tolerancia al fracaso, a una cierta frustración, pero si confundimos el miedo con la prudencia, por ejemplo, si no sabemos distinguir una barrera impuesta por nosotros mismos, por nuestra educación o nuestro contexto, puede que nos estemos perdiendo algo.
Sin embargo, está demostrado que el hecho de que cumplan estos requisitos, sí ayuda en su consecución. ¿Qué podemos hacer? Romper los objetivos demasiado grandes en pasos más pequeños. De nuevo, trazar un itinerario. Para ir a la playa, iré en mi coche, saldré el sábado a las once de la mañana, echaré gasolina en la estación de la carretera de Colmenar, pararé, al menos, cada doscientos kilómetros, en los sitios que tengo apuntados. El camino lo tengo trazado en rotulador sobre este mapa impreso. Me alojaré en este apartotel que he reservado…
Pero un proyecto de vida es algo más complejo. Supongamos que hay obras en nuestra calzada, o tenemos algún percance, o nos encontramos con un amigo al que hace años que no vemos en un restaurante de carretera y nos invita a ir con él y el plan nos convence más. Ser rígido no parece lo más adecuado en esos casos ¿no es así?
Por eso, es recomendable cuando hacemos un plan existencial, basarnos en valores, en objetivos de realización. Hay que saber cuando tachar algo de la lista porque ya, sencillamente, no se desea, o se pospone.
Yo voy a continuar con el mío ahora mismo.

domingo, 2 de marzo de 2014

Elogio del ¿pesimismo?

Siempre he tenido mi punto pesimista. Lo reconozco. Lo he sido mucho de palabra, algo de obra y alguna vez por omisión. He conocido la psicología positiva y su hija reduccionista, la psicología “del buen rollo”. He escuchado mil veces en estos últimos tiempos la palabra fluir y sus derivados. También he podido comprobar cómo la legión de fluyentes  —afluentes de la corriente principal— se enfrentaban a los no afluentes, porque estos últimos argumentaban que no hay estudios suficientemente buenos que demuestren que la psicología positiva funcione. Hablo de publicaciones un pelo serias, como las del colegio de psicólogos.
Todo esto parece complicado, y lo es.
La psicología “del buen rollo” es un extracto ilusorio de una tendencia que es algo más seria y complicada —y con detractores—.  El buen rollo a ultranza es difícil de comer, los organismos están preparados para soportar más tiempo el dolor que el placer (el placer incluso se vuelve dolor cuando es excesivo)
Creo firmemente en que existe el fenómeno de la profecía autocumplida: si pienso que voy a fracasar, lo más probable es que ponga todo de mi parte para fracasar, que no me prepare, que esté nervioso, que no ponga la misma atención. Sin embargo, mis mejores notas del colegio, el instituto y la universidad, las saqué en exámenes de los que salí rezongando, temiendo, maldiciendo. ¿Cómo se come todo esto? Porque no es lo mismo. Porque los peleaba. Porque era la tortuga, que era constante y dura, a pesar de que la buenrollista era la liebre. De la cigarra y la hormiga, mejor no hablar... la cigarra sí que sabía fluir.
Todos tenemos derecho al sentimiento negativo, al duelo, a tomar un respiro, a llorar a un ser querido, a lamentar un fracaso, a un rito de paso cuando nos encontramos en uno de esos momentos de la vida. Yo personalmente me siento agredido cuando me obligan a ser positivo en medio de un mal momento. Soy mucho más positivo cuando “no lo soy”. Exorcizo mis fantasmas con exabruptos. Tomo responsabilidad de mis actos, pero que nadie me culpe por no ser positivo. ¿Cómo que no he encontrado aparcamiento porque soy negativo? Si la fuerza de la atracción fuera cierta me habría atropellado ya la Harley de mis sueños. Si ser positivo funcionase como una receta mágica, no habría depresión, ni ciclotimia, ni tristeza… y funcionaría eso de “tío, anímate”.
Dedicar un tiempo a llorar no es motivo de culpa. Tener sentimientos negativos no es motivo de castigo por propios, ajenos y mucho menos de autocastigo. 
Proliferan ahora voces en contra, son de los “psicólogos del pesimismo”. Los que aseguran que estar preparado para lo peor, prepara para lo peor, y para lo menos peor. No sé si estoy completamente de acuerdo, pero desde luego no lo estoy con el extremo de valencia positiva.

Si has leído esto y fluyes, me alegro. Me alegro por las personas felices por elección. Simplemente, no obligues a los demás a acompañarte en tu felicidad si no lo desean o no pueden.