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domingo, 2 de marzo de 2014

Elogio del ¿pesimismo?

Siempre he tenido mi punto pesimista. Lo reconozco. Lo he sido mucho de palabra, algo de obra y alguna vez por omisión. He conocido la psicología positiva y su hija reduccionista, la psicología “del buen rollo”. He escuchado mil veces en estos últimos tiempos la palabra fluir y sus derivados. También he podido comprobar cómo la legión de fluyentes  —afluentes de la corriente principal— se enfrentaban a los no afluentes, porque estos últimos argumentaban que no hay estudios suficientemente buenos que demuestren que la psicología positiva funcione. Hablo de publicaciones un pelo serias, como las del colegio de psicólogos.
Todo esto parece complicado, y lo es.
La psicología “del buen rollo” es un extracto ilusorio de una tendencia que es algo más seria y complicada —y con detractores—.  El buen rollo a ultranza es difícil de comer, los organismos están preparados para soportar más tiempo el dolor que el placer (el placer incluso se vuelve dolor cuando es excesivo)
Creo firmemente en que existe el fenómeno de la profecía autocumplida: si pienso que voy a fracasar, lo más probable es que ponga todo de mi parte para fracasar, que no me prepare, que esté nervioso, que no ponga la misma atención. Sin embargo, mis mejores notas del colegio, el instituto y la universidad, las saqué en exámenes de los que salí rezongando, temiendo, maldiciendo. ¿Cómo se come todo esto? Porque no es lo mismo. Porque los peleaba. Porque era la tortuga, que era constante y dura, a pesar de que la buenrollista era la liebre. De la cigarra y la hormiga, mejor no hablar... la cigarra sí que sabía fluir.
Todos tenemos derecho al sentimiento negativo, al duelo, a tomar un respiro, a llorar a un ser querido, a lamentar un fracaso, a un rito de paso cuando nos encontramos en uno de esos momentos de la vida. Yo personalmente me siento agredido cuando me obligan a ser positivo en medio de un mal momento. Soy mucho más positivo cuando “no lo soy”. Exorcizo mis fantasmas con exabruptos. Tomo responsabilidad de mis actos, pero que nadie me culpe por no ser positivo. ¿Cómo que no he encontrado aparcamiento porque soy negativo? Si la fuerza de la atracción fuera cierta me habría atropellado ya la Harley de mis sueños. Si ser positivo funcionase como una receta mágica, no habría depresión, ni ciclotimia, ni tristeza… y funcionaría eso de “tío, anímate”.
Dedicar un tiempo a llorar no es motivo de culpa. Tener sentimientos negativos no es motivo de castigo por propios, ajenos y mucho menos de autocastigo. 
Proliferan ahora voces en contra, son de los “psicólogos del pesimismo”. Los que aseguran que estar preparado para lo peor, prepara para lo peor, y para lo menos peor. No sé si estoy completamente de acuerdo, pero desde luego no lo estoy con el extremo de valencia positiva.

Si has leído esto y fluyes, me alegro. Me alegro por las personas felices por elección. Simplemente, no obligues a los demás a acompañarte en tu felicidad si no lo desean o no pueden.

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