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viernes, 30 de enero de 2015

PROBLEM SOLVING

Existe un protocolo de solución de problemas, que expone Giorgio Nardone en su libro "Problem Solving Estratégico", y que he querido resumir en unas cuantas diapositivas. Este protocolo, tal y como Nardone lo cuenta, está muy simplificado y he querido ir un poco más lejos, dándole al proceso ese "poco" de más que implica que sea reutilizable, que pueda volver a empezar, enganchar consigo mismo. 

La resolución de problemas tiene mucho que ver con problemas con los que me he enfrentado en el pasado, incluidos los proyectos de desarrollo de Software, que parecen inacabables si la definición no es la adecuada, o si el cliente introduce nuevos factores en la misma. Tiene mucho que ver el protocolo de resolución de problemas que se expone con metodologías de desarrollo de software, consultoría de procesos, gestión del cambio, crecimiento personal o con el coaching,  por poner ejemplos.

Nardone argumenta, que los procesos pueden resultar terapéuticos. De hecho, habla incluso de el protocolo aplicado a un escritor bloqueado y a un luchador de MMA. Sin embargo, en ambos casos, es la técnica que emplea - en ambos casos, por cierto, se trata de técnicas empleadas con cierta frecuencia en terapia breve - y no el protocolo en sí, lo que otorga valor a la solución. 
En cualquier caso, cuando menciona que más vale detenerse hasta tener un objetivo que cumpla con los requisitos que un buen objetivo ha de tener, acierta de pleno. Sólo ese consejo ya me parece imprescindible incluso en muchos procesos terapéuticos, procesos de cambio en empresas, etc.
En algún otro momento, cuando hablemos de sesgos, holísticos, y modelos mentales, es decir, cuando sigamos hablando de cómo pensamos, describiremos el efecto Hawthorne, del que habla en el libro, efecto que, sin duda, sucede en relaciones de terapia (y de nuevo, en consultoría, en coaching...)

Si deseas o crees que necesitas un proceso de Problem Solving individual o grupal, o aprender a integrarlos en tu empresa o negocio, puedes ponerte en contacto conmigo y mis asociados.

viernes, 23 de enero de 2015

QUÉ HACER CON EL MIEDO

Cuando hablamos de miedo, hablamos de una reacción primaria, una emoción básica, salvadora de vidas. El miedo tiene un valor, y cualquiera que lo niegue, se miente a sí mismo. No caigamos entonces entonces en el error de ignorarlo. Como escribe Hillman en su magnífico texto "Pan y la Pesadilla", "el valor psicológico del miedo tiende a ser objeto de prejuicio, si no de exclusión, en nuestras perspectivas. El enfoque moral [...] tiende a ser tan radical que la psicología se ha visto obligada a volverse hacia la fisiología y el estudio de los animales para encontrar un camino libre de moralismos.

Esto quiere decir que hay que hacer caso al miedo. Está ahí por algo, hay que abrazarlo y celebrarlo, comprender su objeto. El miedo TIENE objeto. La angustia, la ansiedad, no lo tienen, o lo tienen más difuso, menos visible. Vencer el miedo es el camino heroico. El camino heroico clásico no es el de la supervivencia. 

Nuestros miedos, no son todos nuestros, desde luego: hay miedos delegados (cuando somos pequeños y nuestra madre le tiene miedo a una tormenta, a nosotros nos dan pánico los rayos y los truenos), aprendidos, e incluso, y así nacen muchas fobias, desplazados. Estos últimos son miedos cuyo objeto no es el original, sino uno que se puso por en medio en algún momento en el que la herida estaba abierta. 

Hay miedos necesarios para sentirse vivo. Esos miedos que nos provocamos al acelerar, al saltar de un puente atados, al conocer a una persona nueva...

Hay miedos ancestrales, tanto, que no está muy claro como llegan a nosotros: los miedos a la oscuridad, a la cuevas, a los que son diferentes, a los animales enormes, a no ver el fondo del mar...

Propongo hoy comprender el miedo: 
¿Es este miedo mío o es de mi madre o de mi padre? 
¿Es un miedo que me fue útil y ya no lo necesito? 
¿Es un miedo divertido? 
¿A qué le tengo miedo sin saberlo?
¿A qué tuve miedo y ya no lo tengo?
¿Qué debo de hacer para no transmitirle miedo a mi hija o hijo?

Recuerda. Puedes sacarte algunos miedos de encima, o permitir que te acompañe en el camino para afrontarlos (como San Jorge y el dragón) Ponte en contacto conmigo si lo deseas.

jueves, 15 de enero de 2015

CÓMO FACILITAR LA COMUNICACIÓN DE LA PAREJA.

Una de las cosas que hacemos los psicólogos cuando estamos en silencio en una sesión de pareja, es observar las conductas verbales de la pareja: qué es lo que se dice y qué es lo que se deja de decir. Hoy, os propongo una lista de conductas que facilitan la comunicación. No son mágicas, pero algunas lo parecen.
  1. Pedir en vez de quejarse o callarse. En vez de "estoy harto de...", un "por favor, ¿podrías...?" La queja no implica como enmendar, negociar, mejorar. La petición sí. Imagina la diferencia que existe entre un "tengo hambre" (y es una queja de baja intensidad) y un "me gustaría comer una hamburguesa". Por cierto, que este consejo vale también para el sexo.
  2. Hablar en forma positiva: me gusta como haces... ¿eres capaz de recordar la última vez que entregaste un elogio positivo a tu pareja?
  3. Escuchar sin interrumpir, y sin hacer el "camaleón". Cuando escuchamos, ni interrumpimos, ni nos ponemos a mirar el partido con el ojo que no nos ven (este consejo es un poco sexista, porque somos los hombres los que hemos desarrollado más la capacidad de mirar con divergencia) La escucha debe ser empática. Esto implica que no vale eso de cabrearse con el jefe del que nos hablan y amenazar con matar, y rasgarse la camisa. Eso se lo dejamos a los monos del zoo.
  4. Ser asertivo. No todo lo que vamos a decir va a ser agradable, o cómodo. No vale guardar rencor por culpa de una petición no expresada, o de una negociación no realizada, o porque nuestra pareja ha elegido algo que nosotros dábamos por hecho que no haría.
  5. Personalizar los comentarios. Hablar desde el yo: "yo creo..", "a mí me gusta...".
  6. Llegar al tú: ¿Te gustaría que...?
  7. Ser breve.
  8. Ser paciente, no insistente. Decir doscientas veces lo mismo en el mismo encuadre, no suele funcionar bien.
  9. No cuestionar las creencias del otro enfrentándolas.
  10. No generalizar: Siempre... y nunca... no son buenos comienzos para una frase.
  11. Sinceridad no es perseguir a alguien para decirle cada uno de sus defectos.
Hay más, claro, pero si empezamos por aquí, es muy posible que aumente nuestra cuenta corriente emocional, como la llaman algunos autores. Si quieres trabajar en tu caso personal, ponte en contacto conmigo para sesiones en vivo. 


jueves, 8 de enero de 2015

CÓMO PENSAMOS: COGNICIÓN IMPLÍCITA

¿Habré cerrado la puerta?
Más de una vez me he hecho esa pregunta. Me da igual que lo llamemos subconsciente, inconsciente(*), o automatismo u homúnculo, el hecho es que muchas de las cosas que hago no las guía mi pensamiento racional y consciente, ese del que estoy —como casi todos— tan orgulloso. Ni siquiera cuando creo estar razonando suelo ser completamente racional. Busco pruebas que confirmen lo que yo creo, por ejemplo, en vez de pruebas que digan que lo que creo es falso. No someto las hipótesis a prueba. Me guío por reglas de andar por casa —he visto un señor muy abrigado hoy, debe hacer frío— y desprecio una parte de los datos. Pero bueno, no me ha ido del todo mal. Llevo años sin ser atropellado.
Nos pasa a todos.
Y los que lo saben muy bien son los anunciantes. Bueno, a lo mejor no lo saben, a lo mejor es “Conocimiento implícito”.
Si bien hay incluso una leyenda urbana sobre la proyección subliminal — en realidad el experimento en el que se apoyan sus efectos resulto ser un bluff de un publicista, que alteró los resultados—, hay experimentos más modernos que arrojan resultados sorprendentes. Estos experimentos están en ocasiones apoyados por tecnología que, si bien no lee aún el pensamiento, al menos puede indicar a qué se parece. Por ejemplo, parece ser que los anuncios de la marca de refrescos más conocida es capaz de hacer que trabajen zonas del cerebro que también trabajan cuando rezamos, nada menos.
En un artículo de la revista “Papeles del Psicólogo” de Antonio Olivera la Rosa y Jaume Rosselló Mir, enumeran varios ejemplos que casi dan miedo: Sujetar un lápiz con la boca, incrementa la gracia que nos hace un chiste, sostener un café calentito, incrementa la sensación de calidez de la persona que nos habla — haz los negocios siempre comiendo—, haber dicho que sí a varias afirmaciones, nos predispone a decir que sí a la siguiente —esto se lo saben muy bien algunos vendedores y predicadores televisivos—. Al parecer también nuestra moralidad se ve afectada. El pensar en un acto moralmente repugnante, nos invita a lavarnos, el oler productos de limpieza, favorece la caridad. También hay evidencia de que ver escenas impactantes negativamente, nos hace ser moralmente más permisivos durante un rato. Las caras de famosos, incluso combinadas con otras anónimas, provocan más confianza que las anónimas por sí solas.
Pero hablando de miedo, “El Exorcista” está plagada de ejemplos, desde la cara del Capitán Howdy (el Dios Papuzu, una máscara verdosa con muy mala pinta) hasta los gritos de cerdos en un matadero se mezclan en la película para hacerla más terrorífica. Alfred Hitchcock fue un pionero, y usó la técnica en Psyco y creo recordar que también “Los Pájaros”, introduciendo una máscara de muerte sobre Norman y un ruido de abejas en esta última.
Si bien el porqué de estos y otros efectos de los que iremos hablando, están aún por estudiar, sus aplicaciones ya están en la calle. Los usan artistas, marcas, políticos (¿Aún no imaginas por qué se decía “esa persona” en lugar de su nombre?) También los puedes usar tú. Pero de momento no voy a dar más pistas. Yo voy ver como empiezo.

¿Te animas a saber más? ¿Quieres preguntar cosas? Visita este blog, escribe un correo. Apúntate a nuestras próximas actividades.

(*)Qué me perdonen los puristas. Ya sé que el término es muy diferente del uso que pretendo darle aquí, que es más "popular".