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jueves, 8 de enero de 2015

CÓMO PENSAMOS: COGNICIÓN IMPLÍCITA

¿Habré cerrado la puerta?
Más de una vez me he hecho esa pregunta. Me da igual que lo llamemos subconsciente, inconsciente(*), o automatismo u homúnculo, el hecho es que muchas de las cosas que hago no las guía mi pensamiento racional y consciente, ese del que estoy —como casi todos— tan orgulloso. Ni siquiera cuando creo estar razonando suelo ser completamente racional. Busco pruebas que confirmen lo que yo creo, por ejemplo, en vez de pruebas que digan que lo que creo es falso. No someto las hipótesis a prueba. Me guío por reglas de andar por casa —he visto un señor muy abrigado hoy, debe hacer frío— y desprecio una parte de los datos. Pero bueno, no me ha ido del todo mal. Llevo años sin ser atropellado.
Nos pasa a todos.
Y los que lo saben muy bien son los anunciantes. Bueno, a lo mejor no lo saben, a lo mejor es “Conocimiento implícito”.
Si bien hay incluso una leyenda urbana sobre la proyección subliminal — en realidad el experimento en el que se apoyan sus efectos resulto ser un bluff de un publicista, que alteró los resultados—, hay experimentos más modernos que arrojan resultados sorprendentes. Estos experimentos están en ocasiones apoyados por tecnología que, si bien no lee aún el pensamiento, al menos puede indicar a qué se parece. Por ejemplo, parece ser que los anuncios de la marca de refrescos más conocida es capaz de hacer que trabajen zonas del cerebro que también trabajan cuando rezamos, nada menos.
En un artículo de la revista “Papeles del Psicólogo” de Antonio Olivera la Rosa y Jaume Rosselló Mir, enumeran varios ejemplos que casi dan miedo: Sujetar un lápiz con la boca, incrementa la gracia que nos hace un chiste, sostener un café calentito, incrementa la sensación de calidez de la persona que nos habla — haz los negocios siempre comiendo—, haber dicho que sí a varias afirmaciones, nos predispone a decir que sí a la siguiente —esto se lo saben muy bien algunos vendedores y predicadores televisivos—. Al parecer también nuestra moralidad se ve afectada. El pensar en un acto moralmente repugnante, nos invita a lavarnos, el oler productos de limpieza, favorece la caridad. También hay evidencia de que ver escenas impactantes negativamente, nos hace ser moralmente más permisivos durante un rato. Las caras de famosos, incluso combinadas con otras anónimas, provocan más confianza que las anónimas por sí solas.
Pero hablando de miedo, “El Exorcista” está plagada de ejemplos, desde la cara del Capitán Howdy (el Dios Papuzu, una máscara verdosa con muy mala pinta) hasta los gritos de cerdos en un matadero se mezclan en la película para hacerla más terrorífica. Alfred Hitchcock fue un pionero, y usó la técnica en Psyco y creo recordar que también “Los Pájaros”, introduciendo una máscara de muerte sobre Norman y un ruido de abejas en esta última.
Si bien el porqué de estos y otros efectos de los que iremos hablando, están aún por estudiar, sus aplicaciones ya están en la calle. Los usan artistas, marcas, políticos (¿Aún no imaginas por qué se decía “esa persona” en lugar de su nombre?) También los puedes usar tú. Pero de momento no voy a dar más pistas. Yo voy ver como empiezo.

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(*)Qué me perdonen los puristas. Ya sé que el término es muy diferente del uso que pretendo darle aquí, que es más "popular". 

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